Fake News y democracia: una revisión desde el contexto de la guerra cultural

Fake news and democracy: a review from the context of the culture war

Johana Barreneche-Corrales[1]

Bruno Bertolossi de Carvalho[2]

Resumen

En la investigación actual sobre redes sociales digitales, la polarización cobra sin duda gran relevancia. Sin embargo, en los trabajos que preceden este artículo[3], el concepto de guerra cultural, como contexto general, adquirió preeminencia, asociado al mismo tiempo a otros como visión de mundo, fake news, tradicionalismo y populismo. A partir de la revisión documental y desde una perspectiva hermenéutica, se examinaron textos académicos y narrativas de los contenidos en algunas redes sociales digitales. Se concluyó que las fake news resultan una amenaza a la democracia, principalmente por la presencia de ideologías asociadas a estrategias populistas. Finalmente, se enfatiza en la importancia de remitirse a la guerra cultural como concepto clave para una adecuada comprensión de componentes asociados a ideas, retórica y comportamientos, estudiados en el entorno digital.

Palabras clave: Polarización, democracia, fake news, guerra cultural, populismo, redes sociales, visión de mundo, tradicionalismo, conservadurismo, ideología

Abstract

In current research on digital social networks, polarization has undoubtedly gained significant relevance. However, in the studies preceding this article, the concept of culture war as a broader context took precedence, linked to terms such as worldview, fake news, traditionalism, and populism. Based on a documentary review and from a hermeneutic perspective, this study examined several academic texts and digital social networks narratives. It was concluded that fake news poses a threat to democracy, primarily due to ideologies associated with populist strategies. Finally, the article emphasizes the importance of using "culture war" as a key concept to better understand the ideas, rhetoric, and behaviors observed in digital environments.

Keywords: Polarization, democracy, fake news, cultural war, populism, social networks, worldview, traditionalism, conservatism, ideology

  1. Introducción:

Los documentos revisados para el estado del arte dieron a la investigación un curso diferente al previsto inicialmente, que se orientaba a la revisión del fenómeno específico de las fake news y su impacto en la democracia. La caracterización de las Fake News, en el escenario actual de polarización, se mostró vinculada al fenómeno de la Guerra Cultural, por lo que fue necesario profundizar en este concepto. Se percibió, además, que los movimientos populistas chocan con las instituciones democráticas, explotando la desinformación a través de redes sociales digitales para incitar insurrecciones contra el sistema político.

De esta manera, al intentar señalar los factores que explican las características más comunes de las democracias actuales, invariablemente se destacan los cambios tecnológicos a través de los cuales las redes sociales se hicieron posibles. Sin embargo, existe otro fenómeno cuyos orígenes son anteriores a la llegada de Internet y que parece haberse adaptado muy bien al entorno digital, decisivo también en el debate público: la guerra cultural.

Esta última funciona como un horizonte de significado que define las agendas más relevantes y populares, así como el sesgo ideológico de las opiniones, las narrativas y las posiciones que se toman, la repercusión de las noticias, los eventos o las producciones culturales, los comportamientos colectivos estandarizados como las cancelaciones, los clichés de estilo y la comunicación, qué influenciadores y líderes políticos logran la mayor visibilidad y cuáles son las identidades, símbolos y referentes de cada “burbuja”.

En la mayoría de los casos los temas son propios de la guerra cultural o están influenciados por ella, desde las agendas legislativas en procesos de votación hasta los rumores de farándula, pasando por las noticias policiales, los eventos deportivos, el arte y las decisiones de la Corte Suprema. En mayor o menor medida, los significados y valores de estos asuntos demuestran el vínculo en la misma batalla, que va más allá de la política, pues involucra valores morales y la concepción de la realidad en general.

Uno de los factores más preocupantes en relación con los entornos digitales es el daño a las democracias, comenzando por una ciudadanía desinformada y llegando a niveles graves en contextos de polarización ideológica. Tal configuración se ve agravada por las Fake news, que crean realidades paralelas e impiden, inclusive, que haya hechos reconocidos por ambas partes. Por lo tanto, es el propio debate público el que se hace inviable en estas circunstancias, pues se llega a un grado de incomunicabilidad entre grupos que no asumen una misma realidad y que se guían por parámetros excluyentes e incompatibles.

El fenómeno de la polarización política ha sido ampliamente constatado y debatido en las últimas décadas, sobre todo desde el advenimiento de las redes sociales digitales. Los estudios coinciden en que se trata de una concentración de opiniones en dos extremos opuestos, dejando una especie de vacío en las posiciones de centro y sin ninguna posibilidad para el diálogo.

Este artículo hace énfasis en la importancia que adquiere el concepto de guerra cultural, en las investigaciones con o sobre redes sociales. Su definición puede articularse con otras también fundamentales en este contexto: polarización, fake news, visión de mundo, tradicionalismo y populismo.

Así, no se trata sólo de conceptos que encajan entre sí para la descripción y el análisis del objeto, sino que son necesarios y adquieren una función específica cuando se aplican al de guerra cultural.

Siendo este uno de los conceptos clave para la investigación, el libro del sociólogo James Hunter titulado “Culture Wars” (1991), se convirtió en uno de los principales referentes, al igual que tuvo relevancia el artículo del 2006 traducido al portugués, A guerra cultural contínua (2022), en el que el autor amplió sus postulados.

Finalmente, y a pesar de las críticas hechas a las proposiciones del autor en los últimos años, cabe resaltar que los argumentos de Hunter resultan válidos en el contexto actual. Pareciera que las redes sociales digitales permitieron cierta emancipación de la población, hoy en día se consumen más que cualquier otro medio y, a primera vista, resultan más democráticas, sin embargo, tienen una arquitectura que alienta discursos inflamatorios; en ellas ‘todos hablan’. Esta configuración (algoritmo), además de privilegiar este tipo de discursos, genera diversos sentimientos, sobre todo de indignación que, asociados a la guerra cultural, son los más compartidos, pues incentivan una especie de furor que los militantes repostean de manera compulsiva e indiscriminada para afirmar su propia identidad y atacar a sus adversarios.

  1. Metodología

La revisión de documentos o el análisis documental, es la estrategia mediante la cual, a través de un proceso intelectual, se extraen ideas y conceptos del material seleccionado. Dicho procedimiento permite hacer “una evaluación o un balance de ese conocimiento acumulado, y establece una proyección o líneas de trabajo para posibilitar su desarrollo” (Galeano, 2009, p.141).

En la investigación realizada, previa a este artículo, la interpretación tanto de documentos (artículos científicos y libros) como del contenido de redes, se hizo desde una perspectiva hermenéutica y también desde el concepto de visión de mundo. Se retomaron diversos discursos (de noticias, influenciadores, entrevistas, etc.) y se remitieron al concepto de Guerra cultural.

De otro lado, la hermenéutica filosófica del siglo XX, considera que la comprensión y la interpretación son procesos vitales fundamentales, así como una característica esencial de la humanidad en el mundo. En este sentido, hay un énfasis en el lenguaje y la historicidad, siendo la hermenéutica una filosofía universal de comprensión, interpretación y existencia. Interpretar sería exponer, explicar y comprender, así, el método consistía en la operación de vislumbrar el significado. (Grondin, 2012)

En ese sentido, la transmisión del significado se produce en una determinada dirección y su comprensión sigue la vía contraria. Desde el punto de vista de la retórica, se va del pensamiento al habla y, desde el punto de vista de la hermenéutica, se retrocede del habla al pensamiento. Se parte del esfuerzo retórico para que la expresión sea formulada y regrese a través de la interpretación a comprender su significado. (Grondin, 2012)

El autor hace referencia a una regla clásica de la hermenéutica: la del todo y las partes, que comienza en el campo de la retórica y que posteriormente es apropiada por la hermenéutica. La regla dice que las partes deben ser entendidas a partir del todo. El todo es el discurso y la intención general de quien lo emite y, como en un organismo vivo, las partes están ordenadas al servicio del todo.

En ese sentido, Geertz afirma:

Saltando continuamente de una visión de la totalidad a través de las diversas partes que la componen, a una visión de las partes a través de la totalidad que es causa de su existencia, y viceversa, con una forma de perpetuo movimiento intelectual, buscamos dar una explicación al otro. Todo esto es la trayectoria del método, lo que Dilthey llamó círculo hermenéutico (Geertz, 2018, p.73)

El círculo interpretativo crece: luego del libro viene el autor, después la propia biografía, la tradición filosófica, etc. La interpretación envuelve contextos cada vez más amplios y entonces, la pregunta de hasta dónde es legítimo ampliar el horizonte de sentido, que es el todo, se hace necesaria.

Para Schleiermacher, la tarea que la hermenéutica se propone se definiría en los siguientes términos:

La solución al problema, para el que precisamente buscamos una teoría, no está ligada en modo alguno al hecho de que el habla se fije a los ojos mediante la escritura, sino que aparecerá allí donde lleguemos a percibir pensamientos o sucesiones de pensamientos a través de las palabras.  (Schleiermacher apud Grondin, 2012, p. 30)

Se lee entonces lo que está fijado de manera escrita a través de un lenguaje, entendiéndolo como ‘objeto’, y lo que se reconoce como “pensamiento” o sucesiones de pensamientos, se relaciona con la visión de mundo, pues ésta corresponde a una estructura ordenada, es decir, no es un pensamiento aislado o un fragmento de pensamiento, se trata de un pensamiento ordenado, con base, forma y organización. Así, el lenguaje o lo que está fijado de manera escrita, es expresión de una visión de mundo, porque el pensamiento expresado en el texto (cualquiera sea su forma) es la manera de entender lo que es el pensamiento. En ese sentido, se trata de la inversión de la retórica a una determinada visión de mundo.

  1. Revisión de literatura

La visión de mundo puede entenderse como una idea general sobre la estructura del cosmos; puede incluir elementos diversos como creencias religiosas, intuiciones poéticas, racionalizaciones de hábitos sociales, juicios de valor y expresar ideales y aspiraciones. También puede estar impulsada por alguna idea o intuición básica, ya sea personal, colectiva (referida a una comunidad) o histórica (correspondiente a un período). Los sistemas filosóficos y las doctrinas religiosas apuntan a una concepción del mundo, aunque esta no necesariamente abarca una filosofía o creencias religiosas. (Ferrater Mora, 2015)

Las concepciones de mundo aspiran a abarcar la totalidad de la realidad y a penetrar en su significado y finalidad, pero pueden entrar en crisis cuando no se adaptan a los conocimientos teóricos, filosóficos y científicos, que ponen de relieve sus errores. Cuando la visión de mundo tiene origen concreto en la historia, algunos autores la consideran representante de una superestructura de la sociedad, siendo denunciada como ideología. Para otros, cada concepción del mundo funciona como un horizonte espiritual dentro del cual se desarrollan la totalidad de las actividades culturales, tanto teóricas como prácticas, o también como un paradigma totalizador. (Ferrater Mora, 2015)

El estudio de la visión de mundo en general y de las concepciones del mundo en particular, concierne a una esfera diferente del ámbito de la filosofía. El origen de esta perspectiva está en Dilthey, quien desarrolló una teoría de las concepciones de visión de mundo, determinadas por varios factores que combinan, a su vez, elementos racionales y emocionales. (Ferrater Mora, 2015)

Para la antropología, los conceptos ‘cultura’ y ‘visión de mundo’ están relacionados.

En debates antropológicos recientes, los aspectos morales (y estéticos) de una cultura determinada, y los elementos evaluativos, se han resumido bajo el término "ethos", mientras que los aspectos cognitivos y existenciales se han designado con el de "visión de mundo". El ethos de un pueblo es el tono, el carácter y la calidad de su vida, su estilo moral y estético, y su disposición es la actitud subyacente hacia ellos mismos y su mundo que la vida refleja. La visión de mundo que tienen estas personas, es la imagen que crean de las cosas tal como son en la simple realidad, su concepto de la naturaleza, de sí mismos, de la sociedad. Este marco contiene sus ideas más completas sobre el orden. (Geertz, p. 93)

(…) Aunque en teoría se podría pensar que un pueblo podría construir todo un sistema autónomo de valores, independiente de cualquier referente metafísico, una ética sin ontología, en realidad todavía no hemos encontrado tal pueblo. La tendencia a sintetizar la visión de mundo y el ethos en algún nivel, aunque no es lógicamente necesaria, es, al menos, empíricamente coercitiva; si no está filosóficamente justificada, al menos es pragmáticamente universal. (p.94)

Para varios autores, las actividades culturales (teóricas o prácticas), se dan dentro de una determinada visión de mundo, lo que la convierte en una especie de paradigma generalizador. Así, al ser generalizadora, tiende a permanecer, es decir, a tener cierta inmunidad frente a todo aquello que se le oponga.

De acuerdo con Gramsci (2011),

La mayoría de los hombres son filósofos en la medida en que actúan prácticamente y su acción práctica (las directrices de su conducta) contiene implícitamente una concepción del mundo, una filosofía. La historia de la filosofía tal como se la entiende comúnmente, es decir, como historia de las filosofías de los filósofos, es la historia de los intentos e iniciativas ideológicas de una determinada clase de personas para cambiar, corregir y mejorar las concepciones del mundo existentes en épocas determinadas y para cambiar, por tanto, las normas de conducta que les son relativas y apropiadas, es decir, para cambiar la actividad práctica en su conjunto” (p.146)

Así mismo, para Coutinho (2012),

“Todo hombre es un filósofo”, es decir, todo hombre manifiesta en su acción interactiva (a través de su lenguaje, su sentido común, etc.) un conjunto de nociones tanto sobre lo que es como sobre lo que debería ser, tanto una concepción del mundo como una ética. La ideología -como concepción del mundo articulada con una ética correspondiente- es algo que trasciende el conocimiento, y está directamente vinculada a la acción encaminada a influir en el comportamiento de los hombres (p. 111 -112)

Una concepción del mundo es un bosquejo de todo lo que existe. Para los antropólogos y psicólogos, todos los seres humanos tienen alguna visión de mundo, aunque sea sencilla y tácita. Sin embargo, las cosmologías concebidas por los intelectuales, se distinguen por ser sofisticadas y explícitas, por lo tanto, pueden ser analizadas, criticadas y corregidas. Las visiones del mundo tienen como parte de sus contenidos, respuestas a preguntas básicas sobre Dios, la naturaleza, el universo, la vida, los seres humanos, la mente, la sociedad y la historia. Su función conceptual supone ofrecer un marco de referencia en el que cada hecho y cada idea tenga sentido, al ser coherente con el resto de la realidad. Su función práctica es brindar una guía para la vida, en la que todo se valora, se diseñan proyectos, se formulan medios y fines (Bunge, 2005).

Así, la visión de mundo se aproxima a otros conceptos propios de la antropología como el de cosmología, ideología o cultura, ya que pueden definirse todos, de manera general, como sistemas de valores, creencias y actitudes de un grupo específico.

  1. Resultados

El libro de Hunter, Culture wars (1991), surge de la observación que este hace de dos fenómenos a partir de su experticia como sociólogo de la religión: de un lado, el hecho de que las discusiones públicas de tipo moral, que aparentemente no estaban relacionadas, de repente lo estaban, es decir, se vinculaban, de manera inédita, asuntos como el aborto, la legalización de drogas, el matrimonio homosexual, etc., y de otro, la comprensión de que se estaban dando alineaciones poco comunes entre líderes católicos, protestantes y judíos en Estados Unidos.

Hunter denominó a la conjugación de estos dos fenómenos “guerras culturales”. El término es una metáfora prestada de la situación en la Alemania de los años 70s y 80s del Siglo XIX, en torno al papel de la religión en la enseñanza pública, pues de acuerdo con el autor, los debates que él observaba en Estados Unidos a finales de los años 80, eran análogos en intensidad y en carácter, a los que se dieron en Alemania.

En 2006 Hunter sugirió que los contornos de las diferencias habían cambiado nuevamente, planteando una posibilidad que le resultó preocupante, pues, aunque las diferencias religiosas y morales se habían configurado de maneras desconocidas y quizá sin precedentes, probablemente seguirán teniendo consecuencias políticas en Estados Unidos. Para el autor, quizás las diferencias normativas arraigadas en las cosmologías sagradas y por ende, a los grupos en los que están insertas, mucho después de que se consideraran superadas, hayan vuelto a desafiar el proyecto occidental de la democracia liberal. (2011, p. 26)

Algo que Hunter observó cuando escribió el libro, fue que los conflictos se daban en todo el país y en lugares que no tenían conexión entre sí, sin embargo, todos los temas, las líneas de división, las estrategias retóricas, los motivos culturales y los patrones de compromiso, eran similares. (pp. 26-27)

Para Ortellado y Moraes Silva (2022),

Las llamadas “guerras culturales” se refieren a las disputas políticas que se desarrollan en el ámbito de la cultura y del comportamiento, siendo su principal fuente de división y antagonismo el ámbito de los valores: disputas por la posesión de armas, el aborto, las drogas y el matrimonio entre personas del mismo sexo, son algunas de sus batallas más emblemáticas, lejos de ser las únicas. (p.8)

En relación con el concepto de polarización, para Ortellado et.al. (2022), ésta tiene cuatro perspectivas desde las cuales puede ser abordada. Una de ellas es cuando la polarización de las opiniones sobre temas políticos sería igual a la polarización de las masas en relación a las opiniones sobre aspectos económicos y morales; la segunda, aquella en la que las identidades políticas se corresponden con la polarización de las identidades en el espectro izquierda-derecha. Un tercer abordaje, es la posible alineación entre las identidades de izquierda o de derecha y las opiniones, es decir, cuando las opiniones y las identidades se correlacionan. Los autores mencionan que en el debate norteamericano es en ese punto donde la investigación llega a resultados más importantes, aunque haya divergencia sobre si ese fenómeno debe ser considerado polarización, polarización partidaria o solamente alineación. (p. 64 -65)

Finalmente está la polarización afectiva como una especie de animadversión entre quienes adoptan identidades políticas opuestas. En los Estados Unidos la concentración reciente de los estudios sobre la polarización afectiva se debe al hecho de que la animosidad entre identidades crece a un ritmo más acelerado que la polarización de las opiniones. (p.65)

Steven Levitsky & Daniel Ziblatt (2018) sugieren que,

Aunque los analistas suelen afirmar que los demagogos son "sólo charlatanes" y que sus palabras no deben tomarse muy en serio, una rápida revisión de los líderes demagógicos de todo el mundo, sugiere que muchos de ellos efectivamente cruzan la línea entre las palabras y la acción. Ésta es la razón por la que el ascenso inicial de un demagogo al poder, tiende a polarizar la sociedad, generando un clima de pánico, hostilidad y desconfianza mutua. (p.79)

De otro lado, la guerra cultural define la identidad de cada lado de la polarización, además de ser el factor que unifica la multiplicidad de agendas morales y políticas, las cuales no estarían necesariamente conectadas si se tratara de un escenario diferente o con otro tipo de configuración. De este modo, la guerra cultural genera una tendencia al alineamiento entre cada identidad y el paquete de opiniones al que ésta se asocia.

Al mismo tiempo, es el motivo de la polarización afectiva, pues se remite a factores como las costumbres, los vínculos familiares, las interacciones personales, la religión, los ideales y las virtudes. Es decir, hay una intensificación del sentido de pertenencia al grupo con el que cada individuo se identifica, lo que conlleva a una actitud de defensa de su propia forma de vida, amenazada por los “enemigos” que desprecian lo que su comunidad considera correcto o sagrado.

En el caso particular de España y Ecuador, Úbeda & Guerrero (2015), con base en teorías de la exposición, analizaron si Twitter (hoy “X”) podía originar la polarización en redes, ya que permite que los usuarios escojan el tipo de información que consumen, lo que generaría una exposición permanentemente al mismo contenido. Los autores concluyeron que la red conformada por los usuarios que siguen perfiles políticos se encuentra polarizada, pues estos buscan preferiblemente perfiles que se corresponden con sus valores y creencias, evitando así informaciones que producen disonancias; también, que el acceso a la información masiva de internet puede desencadenar dos tipos de consecuencias en los usuarios: encontrar nuevas perspectivas para sus puntos de vista y, reafirmarse en los propios para formar comunidades.

También Lahuerta (2021), afirma que “el usuario sigue únicamente aquellos perfiles que se asemejan a su forma de pensar; esto hace que la necesidad de argumentar, reflexionar y tener un pensamiento crítico basado en varias fuentes, sea inexistente” (p.18).

Robles et al. (2021) investigaron la polarización en Twitter (“X”) a través del caso de “La manada”, derivado de una situación con importancia mediática en España. La investigación se enfocó en el hecho judicial de violencia sexual contra una mujer de 18 años por parte de cinco hombres durante las fiestas de San Fermín, en julio de 2016. La polarización a la que dio origen dentro del escenario de la comunicación en redes, de acuerdo con los autores, giró en torno a la creación y difusión de contenidos que se discuten y argumentan en comunidades cerradas y entre usuarios que se identifican con valores comunes, sin tener interlocución importante con otras comunidades, por lo que definieron la polarización como “un fenómeno de contagio donde los usuarios que toman parte en los debates, reflejan posturas fragmentadas al transmitir aquella información sesgada que han estado consumiendo” (p.197). Concluyeron que los usuarios de Twitter (“X”), fueron capaces de generar puntos de vista, interactuar y crear comunidades con cierto grado de polarización, de acuerdo con sus opiniones y valores, en función del debate mediático y político generado por el hecho mencionado (p.200).

De otro lado, Moretto Ribeiro y Ortellado (2018), describen las “Fake news” como un término usado originalmente en la cobertura mediática de las elecciones presidenciales de los Estados Unidos en 2016. Desde entonces, tanto en las ciencias sociales como en el campo de la comunicación, existe un gran debate sobre la pertinencia del concepto, pues, para los autores, el fenómeno al que ellos se refieren, puede ser mejor entendido a través del concepto “medios hiperpartidistas”, procedente de la literatura académica y cuyo origen debe ser entendido como efecto de la polarización de la esfera pública.

Para Moretto Ribeiro y Ortellado, el análisis de lo que comúnmente se denomina “sitios de noticias falsas”, muestra que lo que los define, no es en sí la publicación de las mismas, si no la producción de “información de combate” (p. 73).

Dicha información puede ser un titular sensacionalista, un hecho fuera de contexto o algo exagerado, inclusive una mentira, y varios de estos procedimientos distorsionadores no son exclusivos de los llamados “sitios de noticias falsas”, también son utilizados por los medios tradicionales. Por ello, no se puede distinguir claramente lo fiable de lo no fiable, o la verdad de la mentira. (p.73)

Sin embargo, de acuerdo con los autores y para una mejor aproximación al concepto, en un artículo de la revista Science (2018), las fake news son definidas también como un tipo de información fabricada con la intención de reproducir el contenido de las noticias en su forma, pero no en su proceso, en ese sentido, este tipo de información también carece de la rigurosidad de los procesos editoriales que, al menos en principio, se destacan por la exactitud y la credibilidad de la información. (David M. Lazer et al., 2018, citados por Moretto Ribeiro y Ortellado, 2018, p. 73)

Así mismo, para Michele Prado (2021),

La forma de la comunicación ha sufrido muchos cambios. Los memes se usan con más frecuencia, así como artículos con titulares sensacionalistas que mezclan pequeñas verdades con grandes mentiras; la prensa tradicional empezó a ser atacada y desprestigiada por los principales influenciadores (un método para transferir la confianza de las personas en la prensa -que actuaba como un filtro de las ideas públicas - a ellos mismos). (p.113)

Se puede decir entonces que la producción de noticias falsas, en este contexto polarizado, se aprovecha de los estereotipos que idealizan un lado y deshumanizan el otro. El uso de narrativas y teorías conspirativas para la desinformación, no sólo busca resaltar y agrandar lo que se considera adecuado, o distorsionar y minimizar lo que sería nocivo para la imagen de sus líderes y movimientos, sino que populariza una visión marcadamente maniqueísta, en el sentido ético y moral. Así, las tramas y personajes de este tipo de contenidos, son propios de un tipo de ficción en el que se libra una especie de batalla entre el bien y el mal.

En dicho sentido, es posible afirmar, que las narrativas se articulan a las diversas opiniones y se forman grupos uniformes que responden de manera igual o similar a diversos asuntos. Entre conservadores y progresistas, por ejemplo, lo que está en discusión no son temas convencionales como la política económica, la salud, o la seguridad pública, sino pautas morales, como ya fue mencionado, sobre educación, género, familia, aborto, matrimonio homosexual, entre otros; temas que caracterizan las guerras culturales.

En esa misma dirección, Cristina Teixeira de Melo & Paulo Vaz (2021), afirman que,

El movimiento por los derechos civiles, las manifestaciones contra la invasión a Vietnam, las luchas que se unieron en mayo del 68 y que defendieron el derecho al placer, a la experimentación de la conciencia y a la igualdad étnica, sexual y de género, todos estos acontecimientos de las décadas de 60 y 70, son la fuente que alimenta las luchas por el cambio moral en las siguientes décadas y que provoca la reacción conservadora. La historia de las guerras culturales es la historia de la reacción a los cambios morales, que se enraizó en la legislación y en las instituciones encargadas de formar e informar: escuelas, universidades y medios de comunicación. (p.10)

En el estudio de Hunter (1991), este tipo de debates se daban en la esfera pública y eran protagonizados por élites culturales con acceso privilegiado a algunos medios para influir en el campo del discurso público, lo que generó que dichos discursos, no tanto por sus características políticas sino de tipo moral, contaminaran la esfera pública y polarizaran a las personas:

Defino el conflicto cultural como la hostilidad política y social arraigada en diferentes sistemas de comprensión moral. El objetivo de estas hostilidades es el dominio de un ethos moral y cultural sobre otros. [...] Estos son compromisos y creencias fundamentales que proporcionan una fuente de identidad, propósito y pertenencia a las personas que viven de acuerdo con ellos. Precisamente por eso la acción política arraigada en estos principios e ideales tiende a ser tan apasionada. (Hunter, p. 42)

Hunter apunta a que la hostilidad que se producía entre los campos que disputaban tener la razón, podía ser entendida como una guerra. Las formulaciones del autor en el libro buscan, de manera general, responder a tres preguntas: ¿Qué estaba sucediendo?, ¿Quiénes eran los actores involucrados en las disputas? y ¿Por qué aquello estaba sucediendo?

El autor hace énfasis en que lo que marcó la emergencia de este fenómeno, está íntimamente ligado con la tensión entre progresistas y conservadores, los primeros, defensores de la idea de que los valores están enraizados en la experiencia individual y subjetiva, en diálogo con la tradición y con los valores culturales de las comunidades; y los conservadores, con ideas de valores morales permanentes, fundamentados en una naturaleza trascendente, de cuño religioso.

Las divisiones políticas relevantes hoy no son de naturaleza teológica o eclesiástica, sino que son el resultado de diferentes visiones del mundo. [...] Las divisiones en el corazón de la guerra cultural contemporánea son creadas por un impulso orientado a la ortodoxia y un impulso orientado al progresismo. [...] Ortodoxia es el compromiso por parte de sus seguidores con una autoridad externa definida y trascendente. Tal autoridad define, al menos en abstracto, una medida consistente e inmutable de valor, propósito, bondad e identidad personal y colectiva. [...] En el progresismo cultural, por el contrario, la autoridad moral tiende a definirse por el espíritu de la era moderna, un espíritu de racionalismo y subjetivismo. [...] Así, la verdad tiende a ser vista como un proceso, como una realidad que siempre está en desarrollo. (Hunter, p. 44)

Para Hunter, el conflicto entre estas dos visiones de mundo genera fuertes enfrentamientos entre los campos, lo que exacerba la disputa, al punto de no reconocer la legitimidad del adversario, al que se considera portador de valores morales equivocados.

El concepto de visión de mundo permite analizar los valores y las tesis metafísicas que subyacen al discurso, considerando como eje fundamental el significado que tiene la idea de tradición en cada perspectiva. El contraste resultante de la diferencia en la valoración de la tradición, es el supuesto que define la epistemología y la moral sobre la base de posiciones progresistas y conservadoras.

Las guerras culturales, de acuerdo con Hunter, se dieron inicialmente a finales de los años 80, cuando el movimiento conservador comenzó a luchar contra los cambios en las relaciones interpersonales a partir de las ideas del feminismo, del movimiento LGBT y de la contracultura (que se daban desde 1960). 20 años después, cuando dichos cambios se habían instaurado, el movimiento conservador se organizó y comenzaron los debates en la esfera pública.

De acuerdo con esto, se puede afirmar que Hunter notó el fenómeno justo en el momento de su aparición, haciendo aportes desde el campo de la sociología que hoy resultan útiles para observar fenómenos contemporáneos como el de la polarización en redes sociales digitales.

Otro de los aspectos sobre los cuales el autor llamó la atención, fue sobre el hecho de que éste no era un fenómeno de la sociedad americana en sí, ya que ésta no estaría polarizada. De acuerdo con las observaciones de Hunter, la polarización se daba en la esfera pública: en las discusiones de los cafés, en los salones de clase, en las parroquias, etc., y a esto él lo denominaba “discurso público” o “cultura pública”.

Desde la perspectiva del autor, la discusión no la hacían los ciudadanos comunes ni tampoco los intelectuales, sino una especie de élite cultural. En ese momento se dio una ascensión de “nuevos intelectuales” (eran los años 80 e internet se privatizó en 1995). Dicha ascensión, de trabajadores de la información, periodistas, abogados, activistas, religiosos, así como de un conjunto de personas del ámbito académico, hizo que fueran ellos los que se tomaran el debate público. Dichas élites tenían, al mismo tiempo, acceso privilegiado a medios de comunicación, lo que hizo que tuvieran también un poder desproporcionado sobre la población para moldear el discurso público y la esfera pública.

Para el momento en que Hunter realizó su estudio (1991), las categorías relativas a los intereses económicos y de clase –“izquierda” y “derecha”– fueron útiles, pues reflejaban el eje dominante de la tensión política. Sin embargo, como lo explica el autor ya en el 2006,

Debido al colapso del socialismo de Estado en el extranjero y al desorden del movimiento obrero, el marxismo filosófico en el mundo académico y el keynesianismo en casa, han debilitado el poder explicativo de estas categorías, por decir lo menos. De hecho, es sorprendente cuán inadecuada es la clase social como variable (o, de hecho, las categorías que se derivan de la economía política) para explicar la divergencia en este conflicto, en general y en particular. (p. 27)

Hunter explica que la discusión sobre la guerra cultural se dio en un momento en que la cultura pública estadounidense atravesaba un realineamiento de la vida social. Para el autor, “detrás de las innumerables controversias políticas sobre las llamadas cuestiones culturales, existían crisis mucho más profundas sobre el significado y propósito de las instituciones centrales de la civilización estadounidense”. (p. 28)

Más allá de los conflictos institucionales, habría ideales morales en disputa sobre cómo debía ordenarse y mantenerse la vida pública. De acuerdo con Hunter, las tensiones latentes entre conservadores y progresistas son definitivas y él las delinea:

No eran meras ideologías políticas, reducibles a plataformas partidistas o tablas de desempeño político, sino más bien visiones morales de las cuales las discusiones y disputas políticas derivaban su pasión. Integrados en las instituciones, estos ideales se articularon de innumerables maneras, con todos los matices de variación imaginables. Sin embargo, a medida que fueron traducidos en signos y símbolos del discurso público, perdieron su complejidad y matices y, por lo tanto, se dividieron en tendencias claramente antagónicas. Una visión moral (tradicionalista u ortodoxa) se basa en los logros y las tradiciones del pasado como fundamento y guía para los desafíos del presente. Si bien esta visión a menudo está teñida de nostalgia y a veces se resiste al cambio, no es simplemente reaccionaria, retrógrada o estática. Más bien, el orden de vida respaldado por esta visión es, en el mejor de los casos, uno que busca una continuidad deliberada con los principios ordenadores heredados del pasado. (pp. 29-30)

De otro lado, Hunter, presenta los ideales progresistas de la siguiente manera:

Frente a esto, existe una visión moral progresista que es ambivalente ante el legado del pasado, considerándolo en parte como un punto de referencia útil y en parte como fuente de opresión. Alternativamente, el orden de vida adoptado por esta visión idealiza la experimentación y, por lo tanto, la adaptación y la innovación a las circunstancias cambiantes de nuestro tiempo. Aunque a veces está marcado por rastros de idealismo utópico, no se trata simplemente de una aceptación acrítica de todo lo nuevo. El objetivo de la visión de los progresistas es la emancipación más amplia del espíritu humano y la creación de un mundo inclusivo y tolerante. (p.30)

A pesar del protagonismo de los temas culturales, los asuntos económicos vinculados a los debates entre izquierda y derecha siguen existiendo, y permanecen vigentes como criterio para clasificar a los partidos y sus candidaturas.

Kalil (2018), estudiosa del Bolosonarismo en Brasil, comenta, sobre estudiantes bolsonaristas,

Específicamente en relación con los cursos de humanidades, [los “estudiantes por la libertad”] critican duramente una “educación adoctrinadora”, que no respeta los valores que los alumnos traen de sus casas, ni siquiera su “formación política independiente”. Ven la “doctrina marxista” como una gran amenaza a la educación liberal imparcial, hacen eco de los discursos sobre el “marxismo cultural” y la escuela como una forma de reproducción de la “ideología comunista”. (p.19)

Por lo tanto, en este contexto, es inevitable que se produzca una superposición entre estas configuraciones; se da una especie de fusión en el vocabulario entre las categorías “izquierda” y “progresismo”, y entre “derecha” y “conservadurismo”.

En la práctica, este uso de los términos puede ser exacto sólo en algunas circunstancias, pero en otras, puede dar lugar a malentendidos. Existe, por ejemplo, una probable convergencia entre conservadores y liberales en cuanto a las agendas económicas, pero puede darse un conflicto entre los mismos grupos sobre los temas relacionados con las costumbres. En ese mismo sentido, hay marxistas que se consideran progresistas en discusiones de carácter moral, pero que acusan a otros progresistas de ser neoliberales y que no actúan en la lucha contra el capitalismo ni defienden las banderas específicamente socialistas.

En una entrevista realizada a Víctor Ximenes Marques (2021), profesor de ciencias naturales y filosofía, éste afirma que,

En la sesgada lectura que Olavo de Carvalho hace de Gramsci, el objetivo es la centroizquierda, la izquierda gobernante y no la radical, como guía para la estrategia de dominación de la izquierda. Aquellos a los que la derecha populista llama “marxistas culturales”, son los “neoliberales progresistas” que, en el campo de las costumbres, los valores y la cultura, tienen posiciones abiertas y avanzadas, pero que en el eje económico participan del status quo neoliberal. Lo que una posición marxista presentaría como síntoma de la derrota histórica del movimiento obrero y del debilitamiento del proyecto socialista, la derecha lo vería como una reinvención victoriosa del proyecto socialista: marxistas que están adoptando la estrategia de Gramsci para ocupar espacios de poder y avanzar en su programa revolucionario, que sigue siendo subversivo, aunque ahora centrado en el campo de la cultura. (p.469)

Aunque el conservadurismo ha sido una doctrina convencional en la filosofía política desde el período de la Ilustración y ha estado de acuerdo con la democracia liberal, el espacio de oposición al progresismo ha sido ocupado en esta polarización por grupos con doctrinas heterodoxas. Es el caso de los tradicionalistas, que son guiados por teóricos esotéricos que se oponen de manera radical a las instituciones modernas en general, rechazando inclusive asuntos como la democracia, el Estado laico y el principio de igualdad. Estas ideas, que originalmente fueron producidas de manera discreta dentro de una escuela ocultista, se difundieron y llegaron a las masas gracias a la influencia de ideólogos, estrategas y asesores como Steve Bannon y Olavo de Carvalho, y de líderes populares como Donald Trump (EEUU) y Jair Bolsonaro (Brasil). (Teitelbaum, 2020)

Para este autor (2023),

El tradicionalismo –aunque el nombre suene genérico y familiar– es una filosofía y una escuela religiosa específicas. Su principal afirmación es que existe una única verdad religiosa –la Tradición– que la humanidad solía conocer, siglos atrás. Para la derecha contemporánea, el tradicionalismo ofrece un respaldo religioso y espiritual a su condena del feminismo, del multiculturalismo, de la inmigración, del igualitarismo y de las ideas de progreso. (pp. 350 y 351)

De acuerdo con Pereira Coutinho (2014), para comprender el concepto de conservadurismo, es necesario diferenciar claramente a un conservador de un reaccionario. El reaccionario sólo se opone al revolucionario idealizando el pasado, no el futuro. Sin embargo, ambos se basan en utopías. El conservadurismo, a diferencia de estos dos, acepta la sociedad moderna derivada de las revoluciones francesa e industrial; no obstante, el punto de partida del conservador es el presente, cuyos principios está dispuesto a preservar porque no son alternativas hipotéticas, sino familiares y disponibles en la realidad, aunque a riesgo de perderse ante un cambio violento en la sociedad actual. El conservadurismo, por lo tanto, se opone tanto al radicalismo revolucionario como al revanchismo reaccionario. (pp. 9-18)

Para Andréa Estevão (2021),

El tradicionalismo afirma y valora la idea de jerarquía social, superioridad racial, pureza, trascendencia, superioridad del hombre respecto de la mujer, condena el materialismo y el liberalismo, identificando, en este último, la responsabilidad del proceso de decadencia en el que se encontraría la humanidad, en la medida en que la democracia liberal, así como el comunismo –un enemigo recurrente– darían paso a la casta oscura, las masas –una expresión dramática de la decadencia. (pp. 677-678)

De otro lado, el populismo, fenómeno estudiado ampliamente por diversos autores en las últimas décadas, está íntimamente ligado con la democracia representativa y sus insuficiencias (Vallespín y Bascuñán, 2017, p.45). Estos últimos, reconociendo la polisemia del concepto, apelan a una definición que denominan minimalista. De acuerdo con los autores,

Lo mínimo de la ideología populista sería, entonces, que en ella siempre hay una apelación al pueblo, y la correspondiente denuncia de una élite, subrayándose el antagonismo entre uno y otra y su vinculación a una visión de la democracia contraria a la propiamente liberal. (p.52)

También, citando a Mudde y Rovira (2017), resaltan que para estos, el populismo

es una ideología centrada sobre mínimos -thin-centerd- que considera la sociedad separada básicamente en dos campos homogéneos y antagónicos, el “pueblo puro” frente a la “élite corrupta”, y que sostiene que la política debe ser la expresión de una volonté général del pueblo. (Mudde y Rovira, 2017, p.6, citados por Vallespín y Bascuñán, 2017, p. 53)

Todavía, intentando una definición completa del término, para los autores y de acuerdo con Laclau (2005), no es posible decir que exista el populismo sin una construcción discursiva del enemigo (Laclau, 2005, p.59, citado por Vallespín y Bascuñán, 2017, p. 65). Así, en las alocuciones, se apela a “significantes vacíos”, esto es, a palabras o conceptos cuya característica por excelencia es la indefinición. Es el caso de palabras como democracia, imperialismo, pueblo o libertad, entre otros.

Para Giuliano Da Empoli (2023),

Por detrás de lo aparentemente absurdo de las fake news y de las teorías conspirativas, se esconde una lógica bien fundamentada. Desde el punto de vista de los líderes populistas, las verdades alternativas no son sólo una herramienta de propaganda, pues contrario a la información verdadera, estas constituyen un excelente vector de cohesión. El líder de cualquier movimiento, que añada fake news a la construcción de su propia visión de mundo, se destacará de la manada de los ordinarios. No será un burócrata pragmático y fatalista como los demás, sino un hombre de acción, que construye su propia realidad para responder a los deseos de sus discípulos. (pp. 23-24)

El carácter antisistema del tradicionalismo, asociado al maniqueísmo moral y al tono emocional de la comunicación en las redes sociales, se ha puesto de manifiesto a través de movimientos populistas. Desde esta perspectiva, el pueblo es identificado como el “guardián de la tradición”, con sus valores y costumbres, generalmente religiosas, mientras que la élite, “corrupta y perversa”, estaría formada por progresistas que ocupan los medios de comunicación y la universidad, y que dominan el sistema político.

De acuerdo con Lage y Saravia (2021),

(…) el pluralismo social da paso a una movilización afectivamente organizada contra adversarios cuidadosamente definidos: la clase política, las élites, el comunismo, el PT, la izquierda, los derechos humanos, la prensa, los intelectuales, los inmigrantes. Surge un conflicto entre el pueblo “auténtico” y los enemigos de la voluntad popular, tan idealizada estratégicamente como la propia percepción del “pueblo”. (p.129)

En este sentido, cualquier forma de oposición a la que se enfrenten los líderes populistas, será entendida como una acción contra éste (o como “enemigos del pueblo”); inclusive, cuando se trate de en un medio de comunicación que publique información sobre la corrupción de un gobernante, o sobre instituciones democráticas que registren una derrota electoral en las urnas, podrá ser vista como una acción contra el pueblo.

  1. Conclusiones

En este artículo se hizo una ampliación sobre la consideración de las fake news como una amenaza a la democracia. La relación entre las dos, fake news-democracia, involucra también la polarización, así como la presencia ideológica de un tradicionalismo exótico bajo la etiqueta común de conservadurismo y, finalmente, la estrategia populista. Esta estructura de conceptos deriva su significado y su lógica de conexión, de la guerra cultural como contexto general.

Los conceptos trabajados a lo largo del artículo no sólo están conectados de manera contingente, pues el fenómeno definido como guerra cultural, presupone, necesariamente, estos términos.

De la misma manera, en el contexto actual, los conceptos tratados remiten a la guerra cultural como componentes en esta unidad mayor.

Las fake news son la versión de los noticieros y del debate público, adaptadas a cada uno de los lados de la polarización, con el fin de fusionar hechos e información bajo el sesgo ideológico de la opinión, y con un cierto permiso poético de la literatura de ficción. Su función principal es la de alimentar la imaginación de la población para generar la movilización de los más comprometidos, ya sea en la comunicación o en la acción.

Dichas narrativas, sobre una gran diversidad de temas cotidianos y dentro de determinadas visiones de mundo, permean todo tipo de contenidos culturales atrayendo el interés popular. De este modo, la incentivación de una lealtad absoluta hacia la comunidad a la cual se pertenece y el consiguiente repudio a lo asociado con los “enemigos” –como una forma de producir fanatismo y extremismo– predispone a los ciudadanos a apoyar y a promover cualquier tipo de discurso que sea percibido como propio y relacionado con su identidad.

Dentro de esta dinámica, los proyectos sociales antidemocráticos y los valores oscurantistas, se extienden y se popularizan rápidamente. Y, en la medida en que el periodismo profesional, los intelectuales y los líderes políticos más tradicionales se caractericen o se identifiquen como representantes de la élite que está en contra del pueblo, cualquier esfuerzo mediático, académico o legislativo, para combatir el avance de estas ideas, se convierte, irremediablemente, en una ratificación para sus seguidores. Así, la acción de defender posiciones que puedan ser consideradas como favorables al "sistema", pierde fuerza y credibilidad.

En ese orden de ideas, y debido a la gravedad y complejidad de esta configuración observada en las investigaciones sobre redes sociales, se hace énfasis en la necesidad de referenciar la guerra cultural, como un concepto fundamental para una adecuada aplicación del conjunto de nociones discutidas a lo largo de este artículo. Así, es posible comprender más profundamente los componentes de la cognición, el lenguaje y la conducta estudiados en el entorno digital.

Conflicto de intereses:

Los autores, Johana Barreneche-Corrales y Bruno Bertolossi de Carvalho, declaramos la inexistencia de conflictos de interés con instituciones o asociaciones comerciales de cualquier índole.

Bibliografía

Bunge, M. (2005). Diccionario de filosofía. Buenos Aires: Siglo XXI editores.

Coutinho, C. (2012). Gramsci: um estudo sobre seu pensamento político. Rio de Janeiro: Civilização Brasileira.

Da Empoli,J. (2023). Os engenheiros do caos: como as fake news, as teorias da conspiração e os algoritmos estão sendo utilizados para disseminar ódio, medo e influenciar eleições. São Paulo, Vestígio,

Estevão,A. (2021) A emergência do Tradicionalismo no século XXI: anotações sobre ascensão do neoconservadorismo e crise avançada do paradigma da Modernidade. ISSN 2175-8689-v.24, n.2

Ferrater-Mora, J. (2015). Diccionario de filosofía. Barcelona: Ariel.

Galeano, M.E. (2009). Estrategias de investigación social cualitativa. El giro en la mirada. La carreta, editores.

Geertz, C. (1989). A interpretação das culturas. Rio de Janeiro: LTC. 

Geertz, C. (2018). O saber local: novos ensaios em antropologia interpretativa. Petrópolis: Vozes.

Gramsci, A. (2011). O leitor de Gramsci: escritos escolhidos. Rio de Janeiro: Civilização Brasileira

Grondin, J. (2012) Hermenéutica. Parábola Editorial. São Paulo

Hunter, J. D. (1991) Culture wars: the struggle to define America. New York: Basic Books.

Hunter, J.D. (2022) A guerra cultural contínua, Pol. Cult. Rev., Salvador, v. 15, n. 1, p.  22-62, jan./jun.

Kalil,I. (2018) Quem são e no que acreditam os eleitores de Jair Bolsonaro. Fundação Escola de Sociologia e Política de São Paulo. Fapesp. São Paulo.

Lage,L. y Saraiva,L. (2021) Ressentimento e guerra cultural no populismo de extrema direita: tensões morais e fronteiras do antagonismo. Dossié Guerras Culturais. ISSN 2175-8689 – v.24, n.2

Levitsky, S. & Ziblatt, D. (2018) Como as democracias morrem.. Rio de Janeiro, Zahar

Marques,V. (2021) Entrevista com Victor Ximenes Marques. Guerras culturais, uma nova forma de fazer política. Dossié Guerras Culturais. ISSN 2175-8689 – v.24, n.2

Milani,W. (2023)Tradicionalismo, extrema direita global e crise democrática: uma conversa com Benjamin Teitelbaum. Dossiê Crise da Democracia e desinformação: diagnósticos do tempo presente. ISSN 2175-8689- v.26,n.1. Universidade Federal do Rio de Janeiro UFRJ

Moretto Ribeiro, M. & Ortellado, P. (2018) O que são e como lidar com as notícias falsas. Dos sites de notícias falsas às mídias hiper-partidárias. Dossiê sobre internet e democracia. Revista internacional de direitos humanos. Sur 27 - v.15 n.27, 71-83.

Ortellado, P. e De Moraes Silva, D. (2022) Dossiê - guerras culturais: políticas em confronto. Apresentação: As disputas políticas no campo da cultura. Políticas Culturais em revista. V 15,n.1, jan/jun. ISSN 1983-3717

Pereira Coutinho,J. (2014) As ideias conservadoras: explicadas a revolucionários e reacionários. Editora Três Estrelas. São Paulo

Prado, M. (2021) Tempestade ideológica. Bolsonarismo: a alt-right e o populismo iliberal no Brasil. São Paulo, Ed. Lux.

Robles, J. M., Atienza, J., Gómez, D., & Guevara, J. A. (2019). La polarización de

"La Manada". El debate público en España y los riesgos de la comunicación política digital. Tempo Social, revista de sociologia da USP, 193-216.

Teitelbaum, B. (2020). Guerra pela eternidade. O retorno do Tradicionalismo e a ascensão da direita populista. Editora da Unicamp, Campinas, São Paulo

Teixeira de Melo, C. & Vaz,P. (2021). Guerras culturais: conceito e trajetória. Revista ECO-Pós v. 24, n. 2

Úbeda Spura, F., & Guerrero Salgado, E. (2015). Polarización política: análisis de la relación interpartidista en Twitter.

Vallespín, F. y Bascuñán, M. (2017). Populismos. Alianza Editorial. Madrid

  1. Doctora en Ciencias sociales. Profesora e investigadora de la Universidad Católica Luis Amigó. Hace parte del grupo de investigación Urbanitas. johana.barrenecheco@amigo.edu.co, orcid.org/0000-0003-3598-7987

  2. Doctor en filosofía. brunobertolossidecarvalho@gmail.com, orcid.org/0009-0008-0833-4036

  3. Investigación: Polarización y democracia: producción y distribución de fake news. Johana Barreneche-Corrales. Universidad Católica Luis Amigó, 2023 y Tesis de doctorado: A mediação da filosofia na definição de cultura: as ideias metafísicas de razão e intelecto como pressupostos do conceito antropológico de Sistema Símbolo. Universidad Pontificia Bolivariana, 2024.